21

Nov / 2017

Animales domesticados

Autor: Literaktum

En las cocinas de toda gran ciudad se esconde un deseo palpitante de abandonar la frenética rutina y escapar al silencio del campo. Dentro de cada uno de nosotros se encuentra una eterna lucha entre la naturaleza (quienes realmente somos) y la cultura (quienes hemos acordado ser para posibilitar una convivencia). Muchos hemos deseado dejar atrás las ciudades y más concretamente el mundo feroz del capitalismo, para buscar una identidad que de cierto sentido a nuestra existencia. Un lugar en el que podamos reconocernos a nosotros mismos tal cual somos, sin distracciones externas.

El libro Walden, de Henry David Thoreau, dio forma a un movimiento emancipatorio que relata precisamente el deseo profundo de dar la espalda a la civilización industrializada y aferrarnos a la naturaleza como salvación de nuestro lado más humano. Algo así como volver a nuestros orígenes para encontrar la esencia que nos hace ser humanos.

Influidos por este movimiento, que toma el nombre de neorruralismo, se encuentran Iván Repila y Sergio del Molino. Dos escritores contemporáneos que hacen uso de la metáfora del campo como utopía para desarrollar sus relatos y que no dudaron en debatir lo que piensan al respecto.

Nada más comenzar la charla, Sergio del Molino dejó claro que lo esencial nunca fue apartarse por completo de la civilización, sino alejarse del mismo para tomar conciencia y percibirlo de otro modo. Lo rural da al ser humano el espacio necesario para conectarse con sus instintos más primarios. No tiene obligaciones apremiantes, ni expectativas, tampoco reglas de convivencia acordadas previamente. Tan solo una hoja en blanco en el que uno tiene la libertad de explorar su identidad sin las limitaciones que implica vivir en una ciudad cosmopolita. Es decir, no consiste en volver a lo rural, sino volver a uno mismo.

Tal como defendió Ivan Repila, un espacio simbólico así nos permite aproximarnos a simplemente “ser”, en vez de al “debería ser”. Esto resulta sumamente interesante, porque supone que sólo nos permitimos ser nosotros mismos cuando nadie nos está mirando.

Además, con esta forma de experimentar el mundo resulta más sencillo poner en perspectiva muchos comportamientos sociales que a menudo nos son inculcados por ser mera tradición en vez de por el sentido común que puedan tener los mismos.

La soledad y la quietud que puede ofrecernos el campo, en oposición con la velocidad frenética de las grandes ciudades, nos permite reconocer nuestro comportamiento sin el bombardeo constante de las ideas de otros. El distanciamiento con una sociedad capitalista nos hace cuestionarnos hasta qué punto es necesario reprimir nuestras necesidades y deseos más profundos por el bien de la convivencia con los otros y si realmente merece la pena el esfuerzo de hacerlo. En cierto modo, no somos más que
animales domesticados.

Así, los libros de estos escritores, aunque tengan tonos muy distintos, comparten cierto regusto político, con toques de desobediencia civil tan necesarios en sociedades en las que cada vez se cuestiona menos aquello que debería ser o no adecuado. Un debate con una perspectiva única que posibilita hacer suposiciones de lo que podría ser el futuro mirando al pasado.

Walden [Henry David Thoreau / 1854]

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