25 años

Hace unos días el Alcalde de San Sebastián homenajeó a unos cuarenta trabajadores por sus 25 años de trabajo y dedicación a la ciudad de San Sebastián. La verdad que hace ilusión.

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Aunque hay que reconocer que el mayor mérito es aguantar veinticinco años en la misma institución y que ella te aguante también a ti. Es cuestión de perseverancia. Lo peor y lo mejor es que han pasado veinticinco años, en mi caso veintisiete, y parece que fue ayer. Tengo recuerdos tan frescos y tan intensos que únicamente cuando me miro al espejo reconozco el paso del tiempo. De ilusión continúo igual, de energía parecido.

El primer espectáculo que programamos de teatro fue Mutu fantastikoa, allá en 1987. Fantástica propuesta de la compañía vizcaína Markeliñe. Fue en un frontón. Hubo épocas en las que se programaba en frontones. Por suerte, estos tiempos pasaron y se fueron creando infraestructuras más adecuadas para hacer teatro. Basándonos en la autogestión de Carl Rogers organizamos en 1988 una Semana de Jóvenes totalmente creada y gestionada por unos 100 jóvenes del barrio. Se hizo teatro, conciertos heavy y punk. En este último, los seguidores que vinieron al concierto casi arrasan el barrio de Loiola.

En 1993 fui a trabajar a otro centro cultural, Lugaritz. Recuerdo lo que flipamos con Luciano Federico y su Porca miseria. Espectáculo gestual, muy original. Dos funciones, sala llena. Le he perdido la pista a Luciano aunque en aquellos tiempos realizó alguna gira por Euskadi y fue un referente.

En junio de 1996 viví uno de los momentos más mágicos en mi periplo teatral. Fue en el Cementerio de Ciudad de Guatemala. Acudí como miembro asociado de la Red latinoamericana de promotores culturales. Nos llevaron a ver teatro popular latinoamericano al cementerio. Llegamos tarde. En Guatemala siempre llegábamos tarde, ahorita salimos, ahorita vamos. Y siempre tarde. Cuando llegamos al lugar había más de mil personas, madres con niños, chavalería, gente encaramada encima de los nichos, abuelas…No había sitio para el grupo internacional y nos colocaron en una esquinita de lo que era el escenario natural previsto, en tierra, en un altito…toda la loma estaba llena de tumbas y de gentes que habían acudido al teatro. Los actores pedían permiso para que nos apartáramos y pudieran salir a escena. Fue absolutamente mágico y un recuerdo irrepetible.

Tuve la fortuna de acudir en 1997 al Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires (FIBA) y descubrir el ingente mundo teatral porteño. En aquellos momentos, exaltación de la estética y de la desnudez. Explosión de color y movimiento. Regresé a Buenos Aires unos años después del Corralito. Las propuestas teatrales habían cambiado radicalmente: el hambre, el éxodo del pueblo a la ciudad, la miseria …eran los temas predominantes. Un color gris cubría la escena, tenebrismo, pinturas negras, expresionismo… Entendí que era un deber que el teatro aportara un punto de vista distinto a los problemas reales de las personas o de los pueblos. A veces, se nos olvida.

Recuerdo también como si fuera hoy cuando me encontraba en el despacho del anterior Director del Teatro Victoria Eugenia, charlando con él. Despacho que se encontraba detrás del foro del escenario, pared con pared, cuando se desplomó el peine del teatro con quince trabajadores en el escenario. No hubo desgracias personales porque según caía el peine iba arrastrando a su paso toda la maquinaria escénica que a su vez frenó la caía. Dio tiempo a salir. Desde el despacho parecía que se derrumbaba el teatro entero. El accidente motivó, años después, una rehabilitación profunda del teatro que terminó en 2007.

En mayo de 2000, los técnicos del teatro abortaron un castigo del coreógrafo ruso, Yuri Grigorovich a sus bailarines después de representar Espartaco. No contento con la representación obligo al cuerpo de baile a hacer repetición después de la función y de todo el día de trabajo. Los técnicos comenzaron a bajar las varas y se acabó la historia. Genial. Grigorovich gritaba…en ruso, claro.

Fue toda una aventura que se pudiera representar Avenida Dropsie en dFERIA2008 después de que la compañía perdiera el barco que tenía que traer la escenografía desde Brasil. Posteriormente, por un mal embalaje también perdieron dos aviones y por fin, consiguen embarcar una escenografía enorme en un avión (la última posibilidad) que llegaba a Amsterdam. Desde allí, por carretera llegó el material justo para comenzar el montaje. ¡Qué estrés!

Nos estamos haciendo viejos y comenzamos a contar batallitas. ¡Qué pena!. Siento la licencia. No volverá a suceder.

Artículo publicado en la revista Artezblai.com

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