El próximo martes, 24 de marzo, comentaremos Buenos días, tristeza de Françoise Sagan. Nos vemos a las 19:00 en la sala de la calle San Jeronimo, ¡hasta entonces!
«A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo
en darle el nombre, el hermoso y grave nombre, de tristeza»
Aquel verano, ese en el que Cécile escribe estas líneas, la protagonista de ‘Buenos días, triesteza’ tiene 17 años y es completamente feliz. La historia, ubicada en la Costa Azul, gira entorno a ella, a Cécile, que pasa el verano con su padre viudo (y mujeriego) y junto a su amante. El sol, la despreocupación, el ocio, el deseo… la ligereza vacacional empieza a resquebrajarse con la aparición de Anne, una antigua amiga de Raymond, el padre de Cécile, que pretende ordenar sus vidas.
Puede parecer un simple drama juvenil, y tal vez lo sea, pero también funciona como una crítica punzante a una clase social anclada en el hedonismo, en el placer inmediato y en el rechazo a las responsabilidades. Por encima de cualquier principio ético o moral, están la comodidad y el deseo, sobre todo el deseo.
«El amor al placer, a la felicidad, representa el único aspecto
coherente de mi carácter»
Movida por sentimientos ambiguos que, probablemente, por su juventud no entiende del todo, Cécil inicia un plan para alejar a Anne de sus vidas y así no perder la complicidad y costumbres que tiene con su padre. Con estos ingredientes, Françoise Sagan moldea un retrato psicológico denso; está la inocencia de la adolescencia, pero también muchos momentos lúcidos más propios de la edad adulta. De hecho, lo mejor de ‘Buenos días, tristeza’ es esa deriva de la adolescencia mezclada con la entrada forzada en el mundo adulto.
‘Buenos días, tristeza’ es breve, pero es una novela de gran profundidad. De hecho, en 1954 cuando, con tan solo 18 años, Françoise Sagan publicó esta su primera novela, la literatura francesa vivió un pequeño gran terremoto cultural. Y desde entonces, el libro tiene un lugar especial en el canon literario europeo. La naturalidad con la que aborda temas como la mentira o la sensualidad sorprendió, y también inquietó, a lectores y crítica. Su estilo directo, sin adornos y con frases cortas, está lejos de los excesos retóricos de la literatura comprometida de la época. Françoise Sagan irrumpió en el mundo editorial con una escritura íntima y confesional, pero sin caer en el sentimentalismo. De hecho, su melancolía seca es también una seña de identidad propia.
La primera vez que leí ‘Buenos días, tristeza’ era verano, hacía un calor pegajoso y yo era más joven, pero aún hoy, en una segunda lectura, en invierno y con unos años más, he disfrutado con su ligereza y con su malicia. Así que estoy deseando comentarla con vosotras y vosotros, para saber si como a mí, también se os han pegado estas páginas a la piel (aunque no estemos en la Costa Azul pringadas de crema solar).
