Permitan que me retrotraiga al 2009, pero es que acabo de descubrir un libro que merece la pena. Y me pregunto qué he estado haciendo estos últimos cuatro años de mi vida y por qué dejé escapar esta joya de la que les voy a hablar a continuación.
Y bien, ¿qué tiene de especial Adiós, Shanghai? Pues que vamos a encontrar un tema no muy conocido: el de la diáspora judía a la ciudad que da nombre a la novela, huyendo desesperadamente de la persecución nazi. Aquél fue el único lugar del mundo que abrió sus puertas al pueblo elegido, tras haber sido rechazado por el resto de la civilización. Eso sí, digamos que no lo recibieron con los brazos abiertos y que casi mejor haberse quedado en casa. Pero gracias a ellos veremos, a lomos del clásico rickshaw tirado por culis, callejuelas atestadas, prostíbulos, fumaderos de opio, cabarets de medio pelo, guetos infames, fastuosas embajadas y a los estirados que las gestionaban. Conoceremos atractivas rubias y peligrosos espías, enamoradizos militares y sádicos miembros de la Kempeitai (versión nipona de la Gestapo). No me digan que no suena apetecible.
Además, tiene la virtud de contar varias historias paralelas sin que el libro se alargue a las mil páginas y sin pecar de excesivo simplismo. Lo cual, a día de hoy en que la burbuja del ladrillo aún predomina en la literatura, no es moco de pavo.
Navegando en el proceloso mar de Google he visto comparar esta novela con Casablanca. Y tal vez no anden desencaminados, porque el autor Angel Wagenstein, judío sefardita para más señas y guionista cinematográfico de éxito, da muestras de una visión muy de celuloide. Aunque más bien yo describiría esta obra como un híbrido entre El pianista de Polanski, La colmena de Cela y El misterioso señor Brown de Agatha Christie (¿alguien se acuerda de esta novela?). Todo salpimentado con enorme ironía. Una ironía, en palabras del autor, muy propia del pueblo judío.
Altamente recomendable.
